Cosmograma

Tocaba el piano en legítima defensa de doce a tres.

El resto de la jornada perseguía sonidos

cual si tuviera un síndrome,

imaginándose armónica en boca de mujer.


Mientras caminaba por los andenes,

subía y bajaba de cualquier tren.

La marea humana llenaba el vacío

al ritmo de un ejército de percusión.


Recordaba puntual no poner el despertador,

era imprescindible dormir más de la cuenta

para poder soñar todas las notas

que caben en un pentagrama.


De niño solían decirle que era bueno socializar;

de adulto, entre él y el mundo:

el silencio, que nunca era mudo,

florecía en sus oídos como aroma a música.

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