El oficio

Vender la palabra, como se venden otras tantas cosas...

Vender las ideas, como se venden otras partes del cuerpo

—vivas o muertas— bajo las farolas de los semáforos

o empacadas en los supermercados.

 

Venderse hasta agotarse,

como un licor de exportación,

quedar en deuda con la Luna

y pagarle el impuesto al Sol.


Vender en promoción, 

en oferta y en demanda.

Ofrecer lo que no se tiene

y comprar lo que no nos falta. 


Saciarse por un rato, no más. 

Buscar al mejor postor, 

condenarse a ser un producto

en el mercado libre, ¿libre?

 

Quedar atrapado entre

la tapa y la contraportada,

en estanterías llenas de polvo

con palabras huecas de ruido.


Crear cuando la inspiración te asalta,

descansar antes y después del secuestro.

Buscar la cerradura para abrir la tienda,

volver el rótulo y encarnar el espíritu.



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