Irene
Irene solía decirme "el tiempo no existe".
No tenía que demostrámelo, a su lado se detenía.
Había notado que algunos estados de ánimo
hacían que se detuvieran los relojes de la ciudad.
Juntas pactamos renunciar a ese invento de control social
que son las horas en punto y las medias horas.
La juventud sin minutero, ni despertador
alcanzaba para amanecer de Luna.
La última vez que la vi estaba de cumpleaños
y bajaba apresurada la cuesta de una avenida.
Desde la ventanilla del autobús le hice un gesto
con la palma de la mano para que me esperara.
No podía esperar, iba deprisa
y señaló su muñeca como si fuera tarde.
Quizás el tiempo la perseguía.
No volví a verla.
Consulto el reloj y no veo la hora,
solo el paso del tiempo
corriendo detrás de ella.
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